Bases doctrinales del Metodismo (3)


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La Universalidad de la Gracia, es la doctrina que establece que el amor de Dios no está limitado ni a un número ni a un tipo especial de persona. Es decir, que el sacrificio de Cristo es universal en cuanto a su extensión y éste cubre cualquier pecado de cualquiera y de todos los seres humanos desde el principio y hasta el fin del tiempo.

Cristo murió por todos los hombres y mujeres y, por tanto, todos están en condición de ser salvos. Todos son bienvenidos para gozar del favor de Dios y de la vida eterna (Juan 3:16-17; 2 Corintios 5:14-15; 1 Timoteo 2:3-6; Tito 2:11-14, Hebreos 2:9; 1 Juan 2:1-2). Así pues, hallamos que la misericordia de Dios está en ofrecer la redención a través de Cristo de forma completa, gratuita y universal

La Justificación por la Sola Fe, es la doctrina que declara que el perdón de Dios se obtiene por la fe en la obra expiatoria de Cristo en la cruz. Pero incluso esta fe en Cristo es un don de Dios. De nosotros no merecemos nada sino la condenación eterna. No existen méritos en el hombre o la mujer que propicien o nos ganen ni el amor ni el perdón de Dios.

La justificación por la fe, el perdón del pecador, es la liberación de la culpa y la condenación por la expiación de Cristo aplicada al alma del pecador que ahora cree en él, y una liberación del poder del pecado a través de que Cristo ha sido “formado en su corazón”.

La apropiación personal de los méritos de Cristo en la cruz es esencial para ser perdonado y esto se expresa en la “confianza y seguridad de que Cristo murió por mis pecados, de que me amó y se dio a sí mismo por mí”.

La fe es “lo único sin lo cual nadie puede ser justificado, lo único que es inmediato, indispensable y absolutamente un requisito para el perdón” (en el Sermón Justificación por la Fe). La justificación es lo que Dios hace por nosotros, y esta justificación es la única base real para el comienzo de la vida cristiana (Hechos 13:38-39; 16:30-31, Romanos 3:28,30; 4:5; 5:1-2; 10:4).

La obra del Espíritu Santo comienza en su intento de convencer a la persona de pecado y continúa su obra en la regeneración – nuevo nacimiento- que experimenta la persona en la justificación por la sola fe. Pero su oficio principal es la obra que realiza en los ya creyentes. Así pues, de la obra del Espíritu Santo se desprende otra doctrina que enfatiza nuestra denominación: el Testimonio del Espíritu. Esta doctrina nos dice que nadie puede creer en Cristo si no es por la intervención del Espíritu Santo y que nadie puede estar seguro de ser hijo o hija de Dios si no es porque el Espíritu le da testimonio de que esto es así. El Espíritu Santo nos da la certidumbre de que nuestros pecados han sido perdonados, hemos nacido de nuevo y bajo su dirección vamos en camino a la santidad tanto interna como externa (Romanos 5:5; 8:16; Gálatas 4:5-7; 1 Juan 5:9-10).

Ante la posibilidad de que alguien se engañe a sí mismo suponiendo que el Espíritu Santo le convence de algo que no tiene, el Reverendo Wesley explicó la interdependencia de los dos aspectos del mismo testimonio del Espíritu: el testimonio directo a nuestro espíritu, y el testimonio indirecto, o sea, la paz que da a nuestra conciencia el Espíritu cuando nos muestra su propio fruto producido en nosotros.

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