Bases doctrinales del Metodismo (2)


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En 1739, Juan Wesley redactó “Las Reglas Generales para las Sociedades Unidas” y “El Carácter de un Metodista”. En el primer documento se establecen aquellas cosas que:

  1. El/la Metodista debe evitar: todo lo malo;
  2. El/la Metodista debe procurar hacer: todo lo bueno;
  3. El/la Metodista debe hacer para fomentar su comunión con Dios.

Por tanto, ellas deben, en la actualidad, informar y nutrir nuestro deseo y señalar el camino para “llegar a la estatura del varón perfecto”.

En “El Carácter”, el segundo documento, Wesley enfáticamente declara que la marca de una persona Metodista es que “el amor de Dios ha sido derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le fue dado” (Ro. 5:5). Así pues, la/el Metodista halla su felicidad solamente en Dios, ora sin cesar, está siempre gozoso, da gracias en todo, ama a su prójimo como a sí mismo haciendo bien no sólo a sus almas sino a sus cuerpos también, y “no hace su voluntad sino la de Aquel que lo envió” (Jn. 5:30), y todo lo que hace, lo hace para la gloria de Dios. Un Metodista, entonces, “piensa, habla, y vive de acuerdo al método establecido en la revelación de Jesucristo. Su alma ha sido renovada en la imagen de Dios, en justicia y en toda verdadera santidad. Y teniendo la mente que hubo en Cristo, anda como Cristo anduvo”. Por tanto, “en cuanto a todas las opiniones que no lesionen la raíz del cristianismo, nosotros pensamos y dejamos pensar… Por opiniones, o términos no destruyamos la obra de Dios”.

Estas últimas frases confirman que la IMMAR mantiene firmes creencias en lo que es esencial al cristianismo y no se detiene a contender en lo que es superficial. En otras palabras, el Metodismo no abandona ni sus principios, ni sus doctrinas bíblico-teológicas en favor de la tolerancia. Pero, eso sí, es tolerante.

Esta afirmación sirve de introducción para enunciar las fuentes de las que extraemos nuestra teología y las doctrinas que enfatizamos en esta denominación. Entre las fuentes hallamos: las Sagradas Escrituras, la Razón, la Experiencia Personal, y la Tradición.

En cuanto a las Sagradas Escrituras afirmamos, junto con Juan Wesley, que como Metodistas “no tenemos otros principios que los revelados en la Palabra de Dios”. Porque toda la Escritura es inspirada por Dios, esta viene a ser la regla cristiana para diferenciar entre lo bueno y lo malo; la Biblia es la fuente central de donde brota y con la que se confirma o rechaza lo que las otras fuentes proveen. Dios mismo nos enseña el camino al cielo, y lo ha escrito en ese libro.

La Razón es otra fuente importante para la Iglesia Metodista en el proceso de hacer teología. No se necesita renunciar a la razón para creer, porque renunciar a ella también significaría renunciar a la fe cristiana. Más bien la fe y la razón van de la mano puesto que toda fe irracional es una fe falsa. Nuestra razón es un don de Dios que debemos usar tanto como podamos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que aún empleando la razón hasta sus límites, ésta no podrá producir ni fe, ni esperanza, ni amor, ni ninguna otra virtud; tampoco producirá verdadera felicidad en nosotros, puesto que todo esto es un don de Dios. Esta última afirmación, a pesar de todo, no descalifica a la razón como una parte integral en la manera de hacer teología dentro de la Iglesia Metodista, debido a que, en las palabras de Wesley, Por la razón aprendemos lo que es el nuevo nacimiento, sin el cual no podemos entrar en el reino de los cielos; y qué es la santidad sin la cual nadie verá al Señor.Por el adecuado uso de la razón llegamos a saber cuáles son las características que tiene la santidad interna; y lo que significa ser santo externamente, santo en toda manera de conversación. En otras palabras, llegamos a comprender cuál era la mente que estaba en Cristo y qué significa andar como Cristo anduvo.

La siguiente fuente teológica representa la mayor aportación del movimiento Metodista a la teología cristiana: la Experiencia. La Iglesia Metodista no se queda en el campo de las formulaciones teológicas teóricas por sí mismas. Más bien es una Iglesia vivencial, es una Iglesia que afirma y elabora sobre aquello que le consta, aquello que ha vivido. Pero aquella experiencia no se limita al campo de lo personal, subjetivo e interno; sino que tiene su expresión externa en la vida de la persona que resulta en la transformación de la sociedad. El Metodismo no es un cristianismo puramente cerebral, también es una fe del corazón. Pero para que la experiencia sea válida debe estar fundamentada en la Escritura. Es decir, la experiencia solamente confirma aquello que la Escritura establece. Una vez más, Wesley dice que: La experiencia es suficiente para confirmar una doctrina que está fundada sobre la Escritura… y aunque muchos fantaseen experimentar lo que en verdad no ha sucedido, esto no debe ser un prejuicio en contra de la verdadera experiencia. Así pues, Wesley advierte sobre lo importante que es la experiencia, pero también advierte sobre llegar a creer que las manifestaciones externas de una experiencia dada, por sí solas, pueden ser justificables. La experiencia es una categoría vital, no como fuente de doctrina, sino como prueba de si estamos viviendo las promesas de las cuales habla la doctrina. La norma para considerar la autenticidad de las manifestaciones de cualquier experiencia siempre debe ser la Palabra de Dios. Lo que se experimenta debe estar claramente enunciado y contenido en la Biblia. De esta manera vemos, una vez más, la primacía que las Sagradas Escrituras tienen sobre la vida y teología de la Iglesia Metodista.

La cuarta fuente que usamos para hacer teología es la Tradición. Esta debe entenderse como la revelación de Dios a su Iglesia a través de su historia. La tradición, entonces, es la historia de la organización, interpretación y formulación de las doctrinas emanadas de las Sagradas Escrituras que la Iglesia cristiana ha elaborado durante casi dos milenios bajo la dirección del Espíritu Santo. Y aunque la tradición pueda ser falible, es el mejor juez sobre el significado de la Escritura de lo que cualquier interpretación privada actual pudiera ser. Necesitamos considerar los asuntos organizacionales, doctrinales y teológicos en su perspectiva histórica, puesto que al hacerlo así podemos descubrir, aclarar o confirmar la verdad o error de una premisa teológica. Y, sin embargo, diría Wesley una vez más, “… yo juzgo toda doctrina por la Biblia. Esta es la Palabra por la cual seremos juzgados en aquel día”. Debemos mencionar que una forma de llegar al conocimiento de Dios puede ser la contemplación de la Creación Natural. Esta nos sirve para descubrir o reconocer que hay un Creador, un Señor de todo. En la creación natural, en las cosas visibles, aún los analfabetos pueden ver la presencia del Dios invisible. Sin embargo, esta no es una fuente – en el mismo sentido que las otras cuatro ya mencionadas- para hacer teología debido a que la creación natural, por sí sola, deja sin respuesta la pregunta que en verdad es importante “¿Qué tipo de Dios es ese?”. Estas son las fuentes que nutren nuestra teología y doctrina. Pero, como vemos, las Sagradas Escrituras siempre permanecen como la fuente por excelencia. Las Escrituras siempre son el centro alrededor del cual giran los otros aspectos.

Es esta centralidad de las Escrituras, y el continuo influjo del Espíritu Santo, lo que ha mantenido la coherencia, ha informado la doctrina, ha impulsado la prédica y ha sostenido la obra del Metodismo en todos los países donde éste se ha naturalizado hasta el día de hoy. Así pues, podemos declarar que como cristianos Metodistas la base de nuestra doctrina no es otra que la Palabra escrita de Dios contenida en los libros del Antiguo y Nuevo Testamentos.

Es de las Sagradas Escrituras, entonces, que brotan las doctrinas cristianas Metodistas que se confirman en la experiencia personal, corrobora y ordena la razón humana, se corrigen o complementan en la tradición y que nuestra denominación enfatiza de forma tan especial. En la siguiente entrega describiremos brevemente esos énfasis doctrinales.